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D. Pedro Ibañez Alonso 1893-1936

Beatificado por S.S el Papa Benedicto XVI, con fecha 28 de octubre de 2007, dentro del Proceso de Beatificación de los 498 nuevos mártires de la Guerra Civil. 


Pedro Ibáñez Alonso nació en Fuentes de Nava, el día 27 de abril de 1893; siendo hijo legítimo de Don Bartolomé Ibáñez Ibáñez y de Doña Reimunda Alonso Torío, ambos naturales de dicha villa y procedentes de familia humilde.
Pedro Ibáñez Alonso ya desde niño fue piadoso, obediente, respetuoso con los sacerdotes y ancianos, cariñoso, de carácter bastante jovial pero dócil.
Cursó sus primeros estudios en Fuentes de Nava, llegando a ser uno de los primeros de su escuela.
A los 13 años ingresó en el colegio de Ocaña, con el fin de prepararse para tomar el hábito de la Orden de Predicadores.
En agosto de 1908 fue al colegio de santo Tomás de Ávila, logrando vestir el Santo hábito el 4 de septiembre del mismo año; y donde terminado el año de noviciado hacía la profesión simple en manos de M.R.P Miguel Saralegui, rector del colegio.
Partió para el nuevo teologazo de Rosaryville (U.S.A), llegando el 9 de septiembre, habiendo cursado la filosofía y el primer año de teología. Continuó la teología en la universidad dominicana de santo Tomás de Manila, ordenándose allí de presbítero el 1 de abril de 1917 y exponiéndole de confesor el 12 de junio del mismo año, en que fue aprobado por unanimidad.
En 1917, fue enviado a las Misiones de China, asignándole la Prefectura de Hin-Hoa, y más tarde al districto de Kam-Na, fue atacado de escrúpulos por lo que hubo de volver a Manila en abril de 1922, y en 1924 fue destinado al colegio-seminario de S.Jacinto Tuguegarao (Filipinas), permaneciendo en él hasta 1934 que cerró, por ello, fue destinado al colegio de santa María de Nieva, Segovia (España), donde permaneció las vacaciones de verano de 1936, cayendo en manos de los rojos.
Como profesor, fue consciente de su deber, tanto en la preparación de sus clases como en la formación moral de sus educandos. Llevaba el rezo con fervor y demasiada atención, cayendo incluso, en la meticulosidad. Un hombre de gran entereza, dispuesto a dar la cara por defender la fe, llegando al extremo de predicar, días antes de la revolución del 18 de julio de 1936, con la palabra y el ejemplo, que estaba dispuesto a morir si rea preciso antes de claudicar.
El ambiente que se respiraba en ésta época era una aversión al cristianismo y un odio a la religión, manifestándolo en el mal uso que hacía de la iglesia, no respetando las imágenes, extrayendo de sus urnas, tibias calaveras que eran auténticas reliquias de Santos, colocándolo a la entrada del templo en escena macabra, quemando confesionarios, y el que no, era utilizado como garita a la puerta de la iglesia.
Pedro Ibáñez Alonso y José María López Carrillo (amigo íntimo y compañero de colegio y estudiantado), tras haberse refugiado, ambos, en un hotel cercano a la Iglesia del Rosario, fueron identificados como religiosos y llevados a la comisaría, quitándoles allí imágenes, medallas y cuántos objetos religiosos llevaban consigo, pues ambos vivían al margen de la política.
Un comisario jefe les perdonó la vida, alentándoles a vivir a escondidas y a que no hicieran manifestaciones religiosas. Ambos, siguiendo las indicaciones del comisario, vivieron una vida de anacoretas.
El 26 de agosto los milicianos practicaban un registro en la pensión donde se alojaban, y a pesar, de no hallar ni armas, ni documentos que revelaran actividades políticas se llevaron a todos los religiosos y sólo religiosos que estaban en la pensión.
José López Carrillo no renegó de ser misionero en China, pero cuando le humillaron en referencia a su fe, se mostró sereno y paciente.
Sin embargo, Pedro Ibáñez Alonso confesó claramente que “él era católico, apostólico, romano y dominico, y que lo sería hasta la muerte”.
Fueron llevados a cheka de Fomento, donde allí, se disponía del derecho más absoluto de la vida o muerte, sobre sus detenidos políticos o religiosos; pues se actuaba en contacto con las máximas autoridades rojas de la nación. Mientras que a los políticos detenidos, solían mantenerles un tiempo considerable hasta obtener delaciones. A los sacerdotes y religiosos solían ajusticiarlos prontamente, prueba de ello, a Pedro Ibáñez y José López les ejecutaron antes de 24 horas, por no renegar de su fe ante sus perseguidores.
Los marxistas se cebaron en ellos, como sabemos por las fotos, hechas por la Cruz Roja a los cadáveres, en particular contra Pedro Ibáñez Alonso, cuya cara quedó deshecha.